El criterio de la felicidad material, del derecho a la alegría (o más bien, del camino directo a la alegría.)

En Aurora, Nietzsche afirma que obrar moralmente no tiene nada de moral. A la moral nos podemos someter por miedo, por sumisión, por estupidez. Y también, habría que agregar, nos podemos someter por la fuerza de la ley, que opera desde una exterioridad apriorística y negativa, es decir, de forma idealista. La moral, en el último caso (vista como discurso idealista) es una especie de pre-entificación del acto. Es, además, profundamente conservadora. Así lo insinúa el mismo Nietzsche en El caminante y su sombra, cuando explica que la moral conserva la comunidad (es un medio para ello), mantiene sus cualidades. Miedo y esperanza influyen en ese proceso de “moralización” de la comunidad, de los individuos.

La moral tiene que ver con la construcción de un discurso sobre el bien y el mal. Así por ejemplo, obrar conforme al deber en Kant, a las máximas universalizables. O el bien y el mal cristiano, la determinación ontológica del pecado etc. La moral es siempre una práctica universal, una ética que sobrepasa los límites de cualquier existencia histórica: Por exelencia, es un platonismo. La significación pre-existe a la aparición del acto; de antemano, lo encontramos determinado según la oposición bien-mal. Una moral quiere decir, resumiendo: Un discurso suprahistórico para el control de los cuerpos. La pregunta que nos asalta es por la posibilidad de una ética que no se funde en sí misma, ni refiera a sus propios principios de veracidad. Por una ética que sea, en palabras del Toni Negri de La anomalía salvaje, una articulación “fenomenológica”.

Es Spinoza el que propone el cuerpo como un nuevo modelo para instituir la ética. Es el beneficio a una nueva ética que no habla desde una ontología representacional (moderna o cristiana), sino desde la propia tierra. Dejemos que hable la tierra, no los cuentos de hadas de la moral trascendental. Como un topo nietzscheano, Spinoza concibe la representación como algo de éste mundo, distribuído en la materialidad de lo existente. Más que una ética, Spinoza propone una etología. Más que efectuaciones o actualizaciones de una moral trascendente, la tarea es captar relaciones , velocidades y afecciones.

Se trata de un proceso análogo al de Nietzsche, aunque distinto en su operatoria. Mientras que Nietzsche propone una inversión genealógica, la inversión de los valores y al Súperhombre como meta, Spinoza es más bien un cartógrafo. Su ética es una gran obra de mapeo, de captar líneas (sustancia-atributo-modo), flujos e intensidades. “Desvalorización de todos los valores, principalmente del bien y del mal” dice Deleuze. Bien y mal son conceptos que no se han formado, diría Spinoza (o más bien, pretendo forzar aquí a Spinoza a decir algo así) según el Tercer género de conocimiento (el conocimiento adecuado), sino que más bien, han estado dominados por el influjo de la imaginación, que es finalmente, la incapacidad de captar adecuadamente las afecciones de los cuerpos.

Toda la moral contemporánea se basa en una representación a-histórica de lo que es bueno y lo que es malo. Kant, por ejemplo, construye múltiples caminos para encontrar el fundamento de la acción moral, y arriba en el deber. Pero, dirá Nietzsche, no nos hemos preguntado por la genealogía de ese propio deber. Hay en ello un olvido fundamental de la pregunta. Y entonces; ¿qué sucede con la alegría? La alegría parece ser el instinto, la inclinación que la moral debe reprimir o suspender en nombre de la propia acción moral. Suspensión y ofuscamiento de la alegría entonces, son aquello que la ascesis ha implicado en cuanto fenómeno histórico. Yo planteo aquí un criterio que no esté basado en los “clásicos” de la moral; planteo una noción materialista del acto ético. Spinoza se acercó a ello.

El filósofo judío-holandés señaló que la alegría era el aumento de la potencia de obrar y la tristeza su disminución. En cuanto un cuerpo nos afecta, aumenta o disminuye nuestra potencia de obrar. Es decir, se compone o descompone. Esta lógica de las composiciones nos recuerda inmediatamente al nominalismo (y el nominalismo es el primer paso hacia el materialismo) y su increíble filosofía de los cuerpos sin nombre, de la ausencia de universales. No hay composiciones pre-corporales, sino tan sólo composiciones entre cuerpos, capacidad de afectar y ser afectados. La ética materialista debe tener en cuenta este criterio terrestre, mundano.

Aunque dos páginas son escasas para problematizar una ética de la realidad material, creo que se debe partir por rescatar del olvido al cuerpo. En este mismo sentido, no hay que olvidar a Freud (manifiestación anti-represiva) ni a Marx (por la liberación total de los yugos sociales que exasperan al cuerpo.) En su trabajo sobre Spinoza, Deleuze señala “En Spinoza se encuentra sin duda una filosofía de la “vida”; consiste precisamente en denunciar todo lo que nos separa de la vida, todos esos valores trascendentales vueltos contra la vida, vinculados a las condiciones e ilusiones de nuestra conciencia” La filosofía de Spinoza es una filosofía en nombre del conatus essendi. Desprende muchas preguntas, que valdrá la pena responder a la filosofía contemporánea, que se ha vuelto casi un gusto por los lugares comunes en torno a los problemas éticos.

[1] En relación a los individuos que componen “el cuerpo humano” y sus modos de interacción, vease la prop 14 de la parte II, Ética, demostrada según el orden geométrico.

[2] Deleuze, Gilles. Spinoza: filosofía práctica, Fábula editores, Barcelona, 2001. p. 37

domingo, 17 de agosto de 2008

Materialismo y significación

A la spinozista más consecuente que conozco, Camila

El materialismo es, haciendo nuestra la expresión althusseriana, el empeño por explicar sin contar(se) cuentos. Nada más simple y, al tiempo, nada más complejo. Nada más simple porque no exige la adhesión a dogma o a principio supremo alguno. Nada más complejo porque supone la ruptura con la palabra que construye la subjetividad dominada. Apuesta simple, porque lo es sólo por la mirada abierta. Empeño comprometido porque equivale a romper con los lugares comunes de la evidencia cultural y simbólica que la norma vehicula: con la mirada del Orden. ”


Juan Pedro García del Campo, “El materialismo, una práctica de la mirada”


La palabra, la fonación, el fonema, los enunciados, las proposiciones; en general, el signo, es tal por significar algo. Y en ese mismo sentido, la significación también reside o se aloja en los cuerpos; el sentido, el devenir, el concepto. Podríamos hacer un desglosamiento de cada uno de esos conceptos, pero al parecer la historia de la filosofía no cesa de hacerse cargo de esto. Es más: La historia de la filosofía entera gira en torno a estos problemas conceptuales. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que el gran tema de la filosofía es el de la significación. Heidegger dice, respecto al problema de la relación entre signo-enunciado-cuerpo y significación “El sonido es, como algo sensiblemente dado, lo más próximo y real. Lo otro le es adherido y sobrecargado, de manera que la palabra, como configuración sonora, se convierte en la portadora de la significación.”1 Entre estos dos universos se mueve la filosofía. Se mueve, por tanto, en una binariedad que no cesa de imbrincarse, y que se hace a sí misma cada vez más compleja.


Levinas plantea que la filosofía contemporánea rompe con la significación como algo exterior al propio signo, o al cuerpo. A lo que él, en “El antiplatonismo de la filosofía contemporánea de la significación” llama expresión. El acceso a la significación es la expresión misma. La significación se revela (más bien, se devela) en su propio devenir y en su propia manifestación. Subordinación del intelecto a la expresión. No hay significaciones que pre-existen a la expresión. Un “antiplatonismo”, dice Levinas. Es sabido que Platón creía en el realismo absoluto de las ideas, pre-existentes, pre-entificadas, de las cuales participábamos y a las cuales, también, pretendíamos. Sólo sombras éramos.


Ciertamente, este modo de enfrentar la cuestión de la significación, es decir, este antiplatonismo, es característico en la filosofía contemporánea y en sus diversos matices. Sin embargo, la supresión definitiva del platonismo no ha sucedido aún. Filosofías hay muchas que recurren todavía a la imagen de Dios, a categorías apriorísticas (la propia filosofía kantiana gira en torno a categorías “a priori” del entendimiento.) Así sucede, por ejemplo, con la ética, que no cesa de remitir(se), en sus planos prácticos y teóricos, a los (sus) enunciados trascendentales, a las leyes universales. La cuestión del aterrizaje no es tan definitiva en la filosofía contemporánea, y ello, principalmente es porque en cuanto aterricemos, vamos a liberarnos de una serie de conceptos-sentidos “a priori”. Esta liberación mundana, terrenal, implicaría el descrédito de todo cuanto hemos creído y la práctica cotidiana del ejercicio genealógico que primaba Nietzsche. Es más: Nos volveríamos Nietzsche, destructores de los trasmundos, Zaratustras apasionados en esta vida.


Que la significación resida en la tierra es cuestión, efectivamente, de mucho antes de que acontezca lo que se conoce como filosofía contemporánea. Es una tradición más vieja, más antigua. Hoy la filosofía vive desesperadamente frente al fenómeno que se conoce como post-modernidad, la pérdida de los modelos de profundidad, el fin de la hermenéutica, de los discursos existencialistas y de aquella binariedad que señalábamos: significante-significado. No encuentra, o sencillamente no quiere encontrar, salidas para esa multiplicidad de problemas. Si la imagen es siempre un pre-ente, un método que explica la realidad antes de llegar a ella, por lo tanto; una forma de forzar la realidad a ser según la imagen, nuestra época se ha desprendido prácticamente de esas imágenes. Pero ante ellas se ha erguido una serie de imágenes intermitentes que ya no son del mundo. Ni siquiera la palabra mundo nos provoca algún tipo de encuentro. El sistema actual es, al decir de Baudrillard, el de los objetos. Contamos nosotros, en ese sistema, como modelos o como series. Jamás, podría agregarse, en tanto “obras de arte”. 2La obra de arte implica cierta originalidad singular que el modelo y la serie no tienen por su propia lógica de reproducción.


La propia arquitectura se mueve en este mundo de las superficies-imágenes (algo así como una serie de televisores cuyas imágenes suceden tan rápidamente que no alcanzamos a captar nada.) La nueva arquitectura se manifiesta “como vector de aceleración de los desplazamientos.” 3Lugares que se vuelven invisibles, escaleras mecánicas que nos comunican como si fuésemos parte de una gran cadena mercantil, espacios transparentes (el uso del cristal en las construcciones es cada vez más notorio) y, en fin, toda una objetualización de los cuerpos humanos en función del lugar arquitectónico, que es, finalmente, un fluido de mantención y control de las velocidades correspondientes a cada segmento. Nuestra temporalidad está hipotecada; el consumo precede a la producción de las mercancías, por ejemplo. De la subsunción formal del trabajo en capital, hemos llegado a la subsunción total de la vida, de todo lo que comprende nuestra factualidad epocal en el capital. A causa de eso se manifiesta con tanta opacidad nuestra desorientación. Si la imagen del mundo, platónica, parmenídea, pre-existente, apriorística y metafísica capturaba (confiscaba dice Heidegger) toda la vida en una serie de categorías, en el concepto, la imagen “globalizada” y “post-moderna” no ha confiscado ningún sentido. No se ha interesado por él: sencillamente, lo ha perdido.


La significación en la tierra. El antiplatonismo de la filosofía contemporánea. Más que realidades, o situaciones filosóficas de hoy, son un lema. Cuando Nietzsche, en Aurora, señala su obra como la de “un hombre subterráneo” que penetra, que ahonda y que carcome, para volver a la superficie y explicar, mostrar, bajar de la montaña de Zaratustra o subir como un topo a la tierra profunda, llena de intensidades, nos está planteando el lema: Volvamos a la tierra. Es el mismo tema del Deleuze de la Lógica del sentido: “producir el sentido, ésta es la tarea de hoy.”4 ¿Quiénes han contribuído a este lema? Mi tesis es que, de todos los llamados al aterrizaje, el pensamiento materialista es el que más ha contribuído. Con pensamiento materialista, llamo siempre a la mirada que Althusser definió: explicar las cosas sin contarse cuentos. Subirse a un tren que no tiene origen ni fin: Sin explicaciones previas al propio hecho factual, que se devela ante nuestros ojos. El ateísmo cobra especial relevancia en esta empresa materialista. Sin ser ateos irreconciliables no podremos producir el sentido. Pero ateo no basta con decirse sin-Dios. Hay un filósofo, quizás el más grande de todos, que tenía un Dios y que era, sin embargo, ateo.


La filosofía como arma de la revolución. Como dispositivo de combate teórico.5Una filosofía es una estrategia. Fente a la utopía, el pensamiento materialista plantea lo que Negri señala como desutopía. Los universales no tienen valor más allá de ser puros nombres, puras aprehensiones que hacemos antes de que el hecho real, la materialidad irreductible que se posa ante la mirada, puros cuentos. El nominalismo, y esto viene de Marx, es el primer paso hacia el materialismo.


Hubo un filósofo, en efecto, que se planteó su filosofía como un acto de guerra, en una época en la que la modernidad estaba en sus albores. El supo hacer bien las cosas; habló en el lenguaje de su época, con los procedimientos de su época y sin embargo, trastocó su época. Fue condenado, abuchado por el orden existente; llámese humanista, llámese cristiano, llámese judío, llámese platónico, etcétera. Una sola sustancia para infinitos atributos y modos de existencia; tal fue su más importante lema ontológico. Nos referimos, como es evidente, a Spinoza. Spinoza consideró al mundo como una totalidad distribuída; como un único plano de esparcimiento en el que somos. Esta totalidad, o sustancia, es infinita e increada, no tiene otras sustancias que le compitan: Su naturaleza es existir y existiendo es causa inmanente de todo cuanto hay. Así, podemos considerar a Spinoza como el fundador del materialismo revolucionario, o de la propia ontología de la filosofía liberadora que es el materialismo.


La sustancia no se puede partir, separar, cortar. La totalidad es una y las operaciones de apartamiento de un lugar X de ella, implicarían la existencia de dos totalidades, lo que, según Spinoza, es absurdo. La geometría filosofíal de Spinoza es totalmente unívoca. Esto implica una inmanencia absoluta de cualquier concepto o categoría. Una categoría no es más que la captura de algo que yace, vive o permanece en la totalidad, por más que lo conceptualicemos, lo capturemos, lo “subjetivemos”. Por otra parte, cualquier idea, sólo es idea del cuerpo, y en especial de sus afecciones, y es esta idea del cuerpo y sus afecciones, es lo que constituye el alma.6 Es posible vislumbrar aquí una anticipación a lo que Lenin, muy prematuramente, llamó teoría del reflejo. Ya Marx había dicho que la filosofía no es más que la realidad (social) traspuesta en la cabeza del hombre. En realidad, el objeto de mis pensamientos es mi cuerpo y sus afecciones por que en cuanto me veo afectado por otros cuerpos tomo conciencia de algo. De un modo complejo, claramente: Todo tiene que ver con una serie de velocidades, durezas etc. La tarea de Spinoza es la representación teórica de la determinabilidad de un cuerpo7; es una tarea, como diría Deleuze, cartográfica.


Imaginar quiere decir: producir una imagen. Producir una significación antes de que lo concreto se nos presente. En cambio, producir el sentido significa algo totalmente distinto. Producir el sentido significa elevarnos a la tarea spinozista, nietzscheana y marxista de destruir el idealismo. Habría que señalar aquí el encuentro, en el pensamiento materialista, de múltiples genialidades, que vienen obrando subterráneamente, como los volcanes, para un día estallar. Ese estallido se realizará cuando suceda aquel acontecimiento (por exelencia) que es la transformación de la filosofía materialista en la materialidad pensante del propio proceso de transformación de la filosofía en cuerpo. Para decirlo en un lenguaje spinozista: Cuando este espacio, rincón siempre despreciado por los filósofos de la justificación, que es el materialismo, como parte del atributo pensamiento de la totalidad-sustancia, se haga cuerpo, se realice en la propia extensión, aunque ese proceso fluya en una velocidad y de un modo idéntico al de la propia filosofía. Es lo que señala Marx en su Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel; Los oprimidos encuentran en la filosofía su arma, y la filosofía encuentra en la acción-acontecimiento que es la revolución proletaria su propia realización material. Entonces ahí el lema antiplatonista quedará realizado.


1Heidegger, Martín. LA PALABRA. La significación de las palabras. Traducción de Pablo Oyarzún Robles, edición digital en www.philosophia.cl

2Crf. J. Baudrillard, El sistema de los objetos. En especial “I Modelos y series.”

3Michell Houellebecq, El mundo como supermercado.

4Deleuze, G. Lógica del sentido. Paidós, Barcelona, 1994. p. 91

5Quizás sea demasiado obvio, pero por si algún desprevenido piensa que aquí hay un puñado de plagio, la referencia que aquí hago es, evidentemente, a Althusser.

6Baruch de Spinoza. Etica. Demostrada según el orden geométrico. Fondo de Cultura Económica. México. 1958

7Negri, Toni. La anomalía salvaje. Edición digital en www.librostauro.com.ar

martes, 5 de agosto de 2008

Traducción, diferencia, igualación


Los filósofos hegelianos suelen ser máquinas pavorosas. Aunque la operatoria de la filosofía de Hegel no es demasiado dispersa, multiplicativa, todo el mundo cave en ella de un paraguazo: la filosofía hegeliana pende por todas partes de esa categoría traga-traga que es la totalidad. De hecho, el mérito histórico de esa filosofía, de ese cuerpo hegeliano tan universal, es haber elevado al nivel de “punto de vista” a la categoría de totalidad. Que la categoría de totalidad, en la filosofía hegeliana, ocupe el lugar de un “punto de vista”, quiere decir que todo lo ente es aprehensible en esa perspectiva de totalidad, que el ser mismo es una totalidad y que los entes pululan en ella interactuando a través de la lógica concreta y abstracta de las contradicciones. Y por último, este punto de vista, incluye el hecho mismo de que la totalidad se desenvuelve, goza de un sentido: un telos como dirían los griegos. Sobre eso no hay dudas: Pero lo que nos presenta problemas es la pregunta típicamente marxista de cómo es que esa totalidad se desenvuelve, y cuál es el ente que actúa como negación y superación (aufhebun) en ella, o de ella.

Gentile era un hegeliano de tomo y lomo. Veía como posible, teórica y prácticamente, la absorción de cada partícula, de cada átomo en un solo momento representacional. La representación es aprehensión, por que absorbe, como toalla nova todas las cosas que hay a su paso. Lo terrible es cómo termina la toalla nova de Gentile una vez que ya se ha echado todo a sus micropartículas absorbentes, a sus máquinas de aprehensión y captura; la toalla súper-absorbente de Gentile es totalmente inmóvil. Así, por más heracliteana que pueda parecer una lógica de las contradicciones y las luchas internas que salen del concepto mismo, o de sus referencias concretas, hemos arribado a un mundo parmenídeo, igual a si mismo, que permanece inmóvil en la eternidad. La historia es eso, y es posible, como historiografía, por que se realiza desde un sujeto que conoce y que, conociendo, captura, aprehede, identifica toda alteridad, toda singularidad con su conocimiento, con su totalidad-historia. Si en Marx la historia es un continente, diferenciado, complejo, y por sobre todo heracliteano, en Gentile (que representaría algo así como un “otro tipo” de hegeliano) la historia es una totalidad eterna e inmóvil.

El proceso es claro. Lo ente en su totalidad existe en un perpetuo reconocimiento, en un continuo absorber la parte. En ese reconocimiento-absorción lo reconocido es superado. Lo no-conocido también es superado; en cuanto tenemos “noticias” de lo que ignoramos, ya lo estamos conociendo. Nada existe sin ese proceso de reconocimiento y superación que se realiza en el sujeto finito. Y así mismo, el sujeto finito no existe mientras no se identifica en ese proceso. “El Sócrates histórico – dice Gentile, con su positiva individualidad, entonces si que es aprehensible; pero solo en cuanto se le reconstruye como personalidad que revive en la nuestra y que, efectivamente, es la nuestra”[1]. Conocer es eliminar la alteridad. Reducirla.[2]

De todas las máquinas de engullimiento que descubrió Gentile, el Estado es la más fabulosa de todas. Romántico, excepcional, totalista y totalitario, el Estado es la encarnación de ese conocer total, de ese mundo donde las representaciones de lo ente llueven, se realizan. Nosotros, en tanto objetos de conocimiento del Estado somos perfectamente susceptibles de ser capturados por él, reducidos a él. Por que, como Sócrates, no solamente re-vivimos en él. Somos él. Es imposible poner límites a su acción, por que en tanto máquina de destrucción de la diferencia y anulación de los des-conocimientos, las ignorancias y las distancias, el Estado acontece como nosotros. Es nuestro destino: nada fuera de él.

Los alcances gentilianos del término “traducción” pueden identificarse claramente en este punto de vista, en esta óptica hegeliana traga-traga. Si el término “traducción” es traducción de una diferencia, entonces esa diferencia siempre queda traducida por medio de ese tercer término que es la propia operación identificatoria. “Lo concreto es la lengua en su unidad, en tanto que universalidad; lengua determinada por un proceso de desarrollo que no es otro que el desarrollo, o la historia misma, y siempre una lengua diferente, como acontece con todo aquello que vive y que, para vivir, se desarrolla”. Vivir es: Desarrollarnos en la totalidad, identificarnos con ella. En cuanto vivimos, nos identificamos con lo concreto, que es el proceso de unificación e identificación de la diferencia en una totalidad que acontece en un sujeto finito, la historia en tanto unidad inmóvil y eterna. La lengua en su unidad; eso es lo que más nos llama la atención de la filosofía de Gentile en su conjunto, esa es la parte gentiliana de lo que Gentile nos dice de la traducción. Pero inmediatamente percibimos este fabuloso desliz del filósofo fascista, el totalitario, el rufián traga-traga, el traficante de entes, el capital total de los conceptos.

Y es que Gentile dijo que la traducción es siempre la misma por que es siempre diferente. Si, es un procedimiento muy hegeliano. Algo es siempre “igual a si mismo” siendo sin embargo “diferente a si mismo”. Es la interpelación concreta de la segura abstracción del “igual a si mismo” o “A = A”.Y aquí nos encontramos con lo más increíble de todo: Gentile nos ayuda a comprender la soberbia del concepto traducción. Un concepto con aperturas monumentales.

Hay una pista fundamental para entender todo esto de la traducción: Los planos. Un plano es un piso que la filosofía ha levantado, una serie que ha inventado por medio de la aprehensión de distintos flujos. Pensamos la filosofía desde la óptica deleuziana, que es la óptica, en el segundo período (en que él mismo reconoce que ha abandonado la oposición superficie-profundidad de la Lógica del Sentido), de las mesetas, de los anillos que se entrecruzan generando un “clima propio”. Un plano es, creo, una especie de entrecruzamiento mayor de conceptos, mesetas, anillos etc. En este sentido, el plano es una subfilosofía, tal como los economistas hablan de “sub” definiciones (sub-inflación, por ejemplo), los planos son “sub-filosofías”, a las que se ha extraído algo, una parte, es decir, otro plano. Un plano posible: La ontología. El término traducción se introduce en muchos planos (no puedo decir que en todos) y es preciso, es una tarea, ver cómo actúa en cada uno de esos planos. En el caso de la ontología sus implicaciones son varias.

Posiblemente, la traducción sea un puente entre una lengua y otra. Pero no es un tras-pasar palabras de una lengua a otra, como quien tras-pasa, por ejemplo, un negativo. En la traducción hay, además del traspaso, una práctica interpretativa; una retraducción. Ahí se nos manifiesta la pertinencia de la afirmación de Gentile: “Hay traducción, incluso cuando no lo percibimos”. En la traducción se evidencia el proceso a través del cual se da muerte a todos los originales. Cada traducción es una singularidad absoluta y sin embargo, remite a otra singularidad, lo que la hace un desarrollo inacabado siempre. El original nace y muere en el acto mismo de ser nombrado, de ser citado; entonces es traducido, traducido a un con-texto, y así mismo, a un afuera del texto. Implica ya, el mismo, una traducción de algo más profundo, y así sucesivamente. ¿Lenguaje superior?, ¿lenguaje inferior, lenguaje de las superficies, emergente? La traducción actúa sobre diversos planos-superficies y eso implica un inmenso problema; una serie de preguntas que amplían cada vez más el concepto traducción y que, sin embargo, no lo reducen a un universal homogeneizante, por que la traducción es, al mismo tiempo (y reconozco el hegelianismo de ello) diferencia e igualación, repetición de algo que queda como eco, en el horizonte, y que la filosofía no deja de buscar. [3]


[1] Tomado de Nicolás Abbagnano, Historia de la Filosofía, capítulo sobre el idealismo italiano.

[2] Dos pistas fundamentales nos entrega la filosofía de Gentile. La primera de ellas tiene que ver con el rechazo levinasiano hacia Hegel. La filosofía del alemán podría desembocar en esto: Un fascista matando al otro radical en el proceso de identificación-absorsión-reconocimiento. Y la segunda, con la filosofía contemporánea, que, abandonando cualquier posibilidad de “imagen del mundo”, “historia”, “futurología” y “pensamiento de la totalidad”, se esmera en buscar la inclaudicable levedad de lo local, de lo “micro”, de lo “segmentario” y lo “singular”. Sin embargo nadie se pregunta si estos dos modos de proceder frente a Hegel no configuran más que un nuevo absolutismo alterista que ha abandonado completamente la posibilidad de trascender eso que los chilenos llamamos “metro cuadrado”, el espacio individual-subjetivado e individualista.

[3] Lo único que nos queda, entonces, es hacer un uso práctico del término traducción y hablar de traducción en la política (como hizo Gramsci), en la cultura, en los sentimientos. El traducir es un problema real, absolutamente, y tiene tras si, como concepto, unas materialidades demasiado duras, demasiado irreductibles como para ser obviadas. En este sentido, traducción podría perfectamente ser asumido desde una práctica, pero ahora materialista, una práctica como la que Althusser reivindicaba, y buscaba, por su puesto materialmente.

lunes, 21 de julio de 2008

Sobre la Fundamentación de la metafísica de las costumbres



Ante todo habría que señalar que la empresa kantiana está atravesada por un deseo, una intención que es evidente: La filosofía debe volverse hacia la acción. Es la dimensión práctica de la razón la que a él le atañe; más allá de toda especulación, es el interés en entregar al hombre (en tanto encarnación de la libertad humana) una herramienta para desenvoler su accionar en la historia el que guía a Kant. La Fundamentación de la Metafísica de las costumbres no es un texto que escape a esta dimensión praxiológica (práctica) y moral.


Una de las definicones más maravillosamente prácticas de Kant es la que hace de la propia Razón en este texto. La razón, más que definirse en relación a si misma, se nos muestra en sus usos prácticos: En sus búsquedas, en sus elecciones. Por tanto, la razón, no conduce a la felicidad más que a ninguna otra cosa: Es más, la razón puede producirnos más penas que otra cosa, haciéndonos naufragar en este mar de elecciones y especulaciones que podrían muy bien arribar a la maldad, al no-bien. Por ello mismo la facultad de razonar, la razón misma, es para Kant una cuestión que debe usarse en función de constituir una buena voluntad.


Es importante tomar en cuenta que, en la construcción de una filosofía, en su proceso de desarrollo y armazón-montaje, uno de los espacios, o nudos fundamentales que determinan el resultado final (una filosofía práctica-moral en el caso de Kant) es el concepto desde el cual se parte. Kant ha decidido partir de la razón. No por azar lo ha hecho; su época, la época de la imagen del mundo a decir de Heidegger1, siempre tiene al “yo” como punto de partida. Es la herencia del cogito cartesiano. Sin embargo, Kant nos ha hecho presenciar, mejor que ningún otro, este subsector de la modernidad que es la ilustración, proceso en el que los artes de gobernar y de razonar que venían gestándose desde la Edad Media, quedan anulados a merced de la crítica. Por ello el pensamiento de Kant sólo es comprensible en el marco de esta gesta crítica ilustrada. Pero, como intentabamos decir más arriba, Kant no se interesa más por la crítica de la propia razón, como facultad humana, o del conocimiento, que por la crítica de los usos prácticos de ella, que son los que, al fin y al cabo, guían el desenvolvimiento de la propia humanidad.


Antes que encontrar, entonces, metafísicamente la voluntad buena “en sí misma”, antes que delimitarla, lo que le cabe a Kant, como pensador práctico, es pensar dicha voluntad buena en si misma en función del deber, que no puede ser sino dentro de éste mundo, y como acción particular de los hombres, no de la propia entidad metafísica (deber no es igual a necesidad). Aquel que ayuda por inclinación es bueno, pero el más bueno de todos es aquel que no siente inclinación alguna al amor y sin embargo, ama por deber. Es el deber-ser y no el querer-ser el que se nos presenta como máxima de nuestras acciones. Vuelvo a señalar la dimensión inmensamente ilustrada de estas afirmaciones kantianas. Kant se entrega a los hombres. Y me atrevería a decir que a los hombres vulgares. Por ello el título de nuestro primer capítulo de la Fundamentación.


Hay, entonces, un amor práctico y un amor patológico, una bondad práctica y una bondad patológica, una razón práctica y una razón patológica. Una acción práctica es aquella que se atiene a la ley, como fundamento del deber. Deber y ley parecen ser conceptos que se entrecruzan y constituyen un único universo al que la filosofía kantiana no deja de remitir. Con prejuicio de todas mis inclinaciones, yo debo actuar conforme a la ley-deber, independiente además de las consecuencias que mi acción pudiese tener.


Kant encuentra una forma de saber cuándo mi acción es deseable, querible, reputable: Es el momento de la universalización de mi querer subjetivo (máxima) el que determina su reputación general, es decir, su conformidad con la ley y el deber-ser. El respeto puro a estas máximas universales es el que mueve a Kant. “Si bien – señala Kant en la Fundamentación, puedo querer la mentira, no puedo querer, empero, una ley universal de mentir; pues, según esta ley, no habría propiamente ninguna promesa, por que sería vano fingir a otros mi voluntad respecto de mis futuras acciones”. Es la autonegación de las máximas: En cuanto una mala máxima es universalizada deja de ser buena, y se transforma en un desastre para la dimensión praxiológica que la razón kantiana busca. Por tanto, como el mismo Kant señala, la ley, el deber-ser, y por tanto el querer (que debe estar en conformidad con este deber-ser) deben excluir toda sensibilidad particular, singular. El pensamiento universalista de Kant está hecho para proceder mediante la fuerza: debe excluir de la acción la injerencia de todos los motores sensibles.


La filosofía de Kant es un llamado a la acción. Sin embargo, escinde al propio individuo práctico en dos dimensiones opuestas, irreconciliables: Una dimensión interna (que Kierkegaard elevó al máximo de los planos con su famosa suspensión teleológica de la moral) y una dimensión exteriorizable y externa, que debe ser respetuosa de la ley aun a riesgo de la propia anulación de las pasiones. Es esta diseminación del individuo en dos la que Hegel criticaría, tildando la filosofía kantiana de “cháchara ética”: Hegel quería exigir de la ilustración algo mucho más totalizante, un desenvolvimiento absoluto, un espíritu. Y sin embargo, como los propios discípulos de Hegel de la escuela de Frankfurth (en especial Adorno, Horkheimer y Marcuse) denunciaron, la ilustración y su proyecto crítico-racional, devinieron en su propia negación. La racionalidad de occidente devino en organización de la depredación, y la crítica de los modos de gobernar en torno a los cuales la ilustración hizo proceder su maquinaria conceptual y sistemática, devino en la instalación de un “furor del poder”2, una ética de la propia irracionalidad.

Kant creía que la buena voluntad participaba de lo incondicionado. Aunque no existe una buena voluntad “en sí misma”, total y absolutamente buena, por lo menos en la vida terrena, los hombres de pueblo, los no filósofos, a quienes supo despreciar Kant, pueden participar de esta buena voluntad incondicionada realizando sus acciones conforme al deber ser y a la ley, logrando así lo que ni toda la filosofía junta pudo lograr: Alcanzar por momentos la verdad de la idea del bien platónica. Sin embargo tenemos derecho a sospechar que esta inducción a la “esperanza” en la ley esconde algo más bien negativo, o que por lo menos excede las buenas intenciones. Este exceso se manifiesta a través de la fuerza de ley y el fundamento místico de la autoridad. La ley aparece como buena, a nuestros ojos, por el sólo hecho de ser ley. Es precisamente esta ley parmenídea la que posibilita el ejercimiento de los mecanismos de coerción y enajenación de los que la sociedad contemporánea está repleta. “No hay derecho sin fuerza” decía Pascal.


Para sorpresa de Kant, la filosofía contemporánea se sigue cabeceando contra aquella muralla brutal que es la ética. Kant respondió a la pregunta fundamental por el deber, y así construyó su ética. Hoy en día, probablemente necesitemos una pregunta nueva, que no sea la del deber. Hoy, me atrevo a decir, necesitamos la pregunta elemental, primaria por la alegría. Quizás necesitemos acercarnos más a Spinoza, a los modos de existencia buenos y malos, a la construcción de la alegría, y alejarnos de ese edificio monumental que es la ética moderna y su fábrica incesante de conceptos y leyes-fuerzas. Demoler este último para responder a un nuevo tema práctico de la ética: ¿cómo conseguir el máximo de alegría?

1En “La época de la imagen del mundo” Heidegger se figura la modernidad como una época en la que (1) cobra valor la representación como pre-entificación de lo ente, previsión y entendimiento de lo ente en cuanto totalidad (mundo) antes de que éste se nos presente, como forma de manejo y (2) la propia “imagen” del mundo, manejo y aprehensión de la totalidad-imagen-representatio, pone en el centro de esta al hombre, al animal racional.

2En una conferencia pronunciada para la Sociedad Francesa de Filosofía, titulada “Qué es la ilustración”, Foucault hace un análisis menos “hegeliano” (universal-sistémico) que los autores de la E. de Frankfurth y señala que es más bien la imposición de unas condiciones de aceptabilidad de los saberes y los discursos éticos lo que hizo devenir la ilustración en un fenómeno tan deplorable como el capitalismo y el derecho contemporáneo.

miércoles, 16 de julio de 2008

Valérie Solanas, el primer "disparo" contra el postmodernismo


La mentalidad contemporánea es bastante astuta. No tiene, sin embargo, mayores procedimientos: Su única finalidad es completar la fábula: La fábula que es el vivir cotidiano en este tiempo, el del capitalismo tardío. No necesita -momentáneamente- del látigo frontal ni de los centros de tortura. Ha abandonado las cámaras de gases, los cuarteles, la militarización generalizada de todos los espacios geográficos. Su ventaja respecto a ese sistema liberal setentero, que marcó un tiempo (en la historia latinoamericana, un lapsus) de transición hacia la economía y el paisaje neoliberal, es que nosotros mismos somos quienes contribuimos a realizar y a remachar la cárcel. Día a día, el sistema de los objetos (que puede ir del fetichismo por los autos y las lámparas hasta la valoración de los libros según su aspecto más inesencial, es decir, el color y la forma) nos domina y nos objetualiza también a nosotros. Por otra parte, también nosotros, fundamos y cerramos nuestras celdas. Las hacemos más cómodas. Es la realización del famoso "panóptico" del siglo XVIII: Un lugar donde la vigilancia se transforma en una presencia que ya no es física. Nosotros nos vigilamos.

Durante la primera mitad del siglo XX se empezó a gestar esta cuestión de la que hablo: La vida se empezó a segmentar cada vez más. El lugar-territorio pasó de ser ese espacio abierto por el que podíamos transitar en una actitud solidaria (la población, el barrio, el estadio) a ser el puro segmento donde se hace patente el encierro. Sin embargo las cosas no son tan categóricas. Hay puntos de fuga, indudablemente. Lugares en los que la territorialidad y la arquitectura capitalista no deja de escaparse, oyos negros quizás. ¿El arte?, ¿La historia?, ¿Los deseos de venganza de los hijos del terror especializado de los gobiernos de transición al neoliberalismo?

Andy Warhol fue un artista "post-moderno". Un artista del capitalismo tardío. La obra de arte que él sembló ya no tenía que ver con una dialéctica entre el contenido y las formas, entre lo bello y lo feo. Los colores mismos, en su obra, se transformaron en aspectos mínimos: Lo importante es la propia figura publicitaria, superficial, que se resiste a ser interpretada. ¿Cuántas horas podemos pasarnos interpretando una pieza de Beethoven, una pintura de Van Gohg? Es la profundidad de lo moderno; amplio, hermenéutico en bloque. Digno de una masturbación mental de las más grandes. Pero no podemos "interpretar" la música de John Cage, ni las serigrafías de Warhol. John Cage organiza sonidos de la calle: goteras, caidas, choques de auto. Warhol impregna en sus coloridos cuadros publicitarios (que pueden ser desde un rostro de Mao Tse Tung hasta una lata de sopa de tomate) pura superficie; utiliza, sin ánimo vanguardista, desde fotografías, estufas, imprentas. Y tanto John Cage como Warhol, artistas contemporáneos, se resisten a la interpretación. ¿Qué sentido tiene debatir sobre la profundidad de una obra de John Cage o Stockhausen, si pueden ser cuatro helicópteros combinados con sonidos sueltos de múltiples violines, o una gotera, una cuchara, o sencillamente silencio? ¿Qué sentido tiene "interpretar" una lata de coca-cola estirada y puesta en un marco? Nuestro tiempo es el de la superficialidad. Los análisis fáciles.

En 1968 la mendiga-prostituta Valerie Solanas disparó a Andy Warhol tres tiros. Cuando le preguntaron por qué, ella simplemente respondió que Warhol controlaba su vida más de la cuenta. Valerie Solanas vivía en la calle. Solía prostituirse, mendigar. Escribió un guión de película llamado "Mételo por el culo" que Warhol no filmó por su grosero contenido pornográfico. Pasó tres años en la Cárcel por los disparos contra Warhol, que a esas alturas era uno de los artistas más consagrados de la contemporaneidad. Después escribió su "Manifiesto SCUM". Sus primeras letras, una mezcla brutal de genialidad literaria y desequilibrio mental, ya dicen demasiado, más de la cuenta: "Vivir en esta sociedad significa, con suerte, morir de aburrimiento". No hay una frase, en la historia de la literatura undergraund, más dotada de sentido histórico, en el sentido que Nietzsche daba a este concepto de "sentido histórico" (el sentido o la sensibilidad frente a nuestro momento en la historia): Vivir en esta sociedad, lo que más puede ofrecer de novedoso, es la muerte (serial) por aburrimiento. Solanas tenía una solución: En el Manifiesto SCUM señala..."destruir el gobierno, eliminar el sistema monetario, instaurar la automatización total y destruir al sexo masculino".

Quizás no puedo estar de acuerdo con Valérie Solanas, o estarlo "a medias", por una cuestión físcia (para ser más precisos, corporal). Significaría, en mi grado de hombre, primero que nada, suicidarme. Pero hay algo en sus disparos, y en sus más oscuras frases, que el capitalismo tardío, y toda su gama de satisfacciones no pueden dar: Ausencia de cuerpo con la ezquizofrenia capitalista, y presencia de un diálogo ensordecedor y enriquecedor con la autenticidad y el ser-si-mismo. La ezquizofrenia rompe las cadenas significantes y nos condena a no estar nunca convencidos de nada más que del "instante". La riqueza del "instante", el segmento flexible, la línea del tiempo que se corta en mil pedazos nunca unificables. La incapacidad de creer es uno de aquellos síntomas más traumáticos y nodales que el capitalismo contemporáneo genera. Por eso la muerte sistemática del catolicismo: El catolicismo se basa en la creencia como máxima autoritaria de todos sus dogmas. Sigue siendo remplazado por un catolicismo "light", en casa, sin Iglesias. Por otra parte, a los católicos fervientes se les desautoriza, a menos que aparenten no serlo. Por eso también la muerte total de los relatos comunistas clásicos. Sin embargo Solanas creía. Creía en su manifiesto y por eso no dudó en disparar Warhol. Un homosexual declarado, que probablemente no aceptó su "Métemelo por el culo" por ser demasiada expresión de su propio trauma. Por lo demás, Valérie Solanas nunca olvidó su vida de prostituta, de mujer violada durante toda su infancia, y siguió ejerciendo su oficio en una extraña autenticidad que la condenó a morir en un sanatorio para personas de la calle. Pasó por manicomios, lugares perdidos, recovecos de la contemporaneidad. ¿Puntos de fuga?: Más bien, espacios para inadaptados. Pero sus disparos son una bala contra la contemporaneidad alabada como espacio de las comunicaciones intensificadas, la sociedad de la imagen y la explosión de las minorías. La fortaleza de nuestro sentir-pensar no está en ser "minorías", sino en buscar algo por lo que morir, y disparar.

jueves, 3 de julio de 2008

Primer movimiento. A-E


En algún momento, en algún lugar de sus miles de afirmaciones, Néstor Kohan, de quién yo lei algunos libros y gracias a quien decidí dedicarme a la filosofía, dice que el "ABC" del marxismo es el poder. Quisiera poder encontrar otro ABC: Restablecer, en un ejercicio que ustedes verán de quien tomo, la auténtica validez de un "ABC"-dario. Un abcdario original que no se salte ninguna letra, ni que ponga unas por sobre otras. Que entre ellas reine la "medianía" del Das Man heideggeriano. Comenzar a ser original. Tal es la propuesta. ¿Cómo comenzar a ser original?; Parece que esta es una pregunta a la que no se puede preguntar. A menos que se quiera desconstruir la propia pregunta; lo que, sinceramente, no creo conveniente. No me conviene a mi, en tanto soy yo el buscante de originalidad. Soy yo el que iniciaré esta topología, este proceder detectivesco. ¿Cuánto debo a lo que soy, y cuánto debo a lo que estoy empezando a ser-hacer? Son estos los primeros retazos (retoques, proceden como retoque, pero abriendo grietas y fallas, no cerrándolas mediante el óleo reparador).

A de Aufheben

Yo=Yo; No-Yo... El Yo en relación al No-Yo; el tipo de relación que establecen. En Fichte tal relación está condicionada por el primado de la razón práctica. Hay en él una primacía de la práctica, de la práctica transformadora del No-Yo. El sistema fichteano es difícil, oscuro. Parece que su problema sea también el problema de el modo de apropiarse de lo absoluto. También como Hegel intenta desarticular la separación entre pensamiento y ser que se expresa como separación entre la razón y la cosa, el fenómeno. Esa separación es siempre una separación del tipo “sujeto/objeto”. Muchas veces dicha separación (desarticulación de la inmanencia, desarticulación del ser en ser en uno y dos) se anula por medio de sistemas verdaderamente ordenados, intra-dialogantes, creadores de conceptos hasta el cansancio (ver al respecto la visión deleuziana acerca de Leibniz, comparada con los estudios sobre Leibniz de Néstor Kohan, que aquí se comporta como un charlatán que sólo toma ciertos aspectos de la máquina-Leibniz). Otras veces por una superación dialéctica (no “dialéktica”), al modo Fichte-Hegel. “El pensamiento puro ha avanzado hacia la contraposición de lo subjetivo y lo objetivo; la verdadera conciliación de esta contraposición consiste en comprender que el antagonismo, al ser llevado a su límite absoluto, se disuelve por sí mismo, de que en sí, como dice Schelling, los términos antagónicos son términos idénticos, y no solamente en sí, sino que la vida eterna consiste precisamente en producir eternamente y conciliar eternamente la contraposición”(Hegel, Introducción a la Historia de la Filosofía, conclusión). Lo que propone Hegel no es, como piensa Kohan, la “unidad” sujeto/objeto (lo que remitiría a una unificación de algo que alguna vez pudo estar separado) sino su “identidad”. Fichte procede de otro modo; procede por el modo de la unificación; ni sujeto sin objeto, ni objeto sin sujeto; tal es el Sujeto en relación con su existencia. El Yo vive como temporalidad, libertad y transformación del No-Yo. Una última cosa: Creo que la visión de Kohan, en este sentido, sigue acogiéndose al gesto de protección que es la lógica. Habría que decir que su filosofía es todavía apofántica; está llena de proposiciones, y es carente de sentido y expresión, de lo que Deleuze llama intensidades.

B de Brumario

Probablemente lo que voy a decir es una afirmación riesgosa; riesgosa por que plantea un doble peligro; un peligro anti-marcusiano (y por lo tanto, un peligro anti-racionalista, por que Marcuse rinde tributo a la prostituta de la Razón denunciada por Nietzsche) y anti-althusseriano, en el sentido en que Althusser es el menos “hegeliano” de los filósofos marxistas conocidos (y quizás uno de los más geniales). Marx ya ha asumido, en su filosofía, que Hegel resolvió el problema de la relación (identidad) sujeto/objeto. Ese ya no es su problema. Su problema es cómo proceder con el genio de Hegel en la filosofía y en la economía política (política, repitamos). Marx ya no está preocupado por Hegel; ni siquiera cuando habla de él. Está preocupado por los problemas de su tiempo. Es quizás el rasgo más importante de la filosofía marxista el ser una filosofía de los problemas de su tiempo. ¿Pero cuál es el tiempo problemático del marxismo? Esta ya resulta una cuestión imbrincadísima. Ya resolver el término tiempo ha requerido las peores reflexiones, las más interminables. El tiempo aristotélico, por ejemplo. Humberto Giannini, en su Breve Historia de la Filosofía hace una explicación fabulosísima de esto: “¿por dónde pasa el tiempo y a qué sentido le es perceptible su pasar? (...) Consideremos esto: una parte del tiempo -el pasado- ya ha sido, y por tanto, ya no es; la otra -el futuro- está por ser, por tanto, todavía no es. Y el presente (...) no es nada sino un límite, una frontera imaginaria, entre el pasado que fue y el futuro que será; (...) el tiempo parece componerse de cosas inexistentes, digámoslo así, de deudas y promesas”. ¿Qué querrá decir que el tiempo se compone de deudas y promesas? Sería necesario decir algo antes de explicar el tiempo “compuesto” por deudas y promesas. Néstor Kohan define su marxismo como un “historicismo praxiológico”. Alguna vez (una) quiso admitir que el marxismo es materialista (no se con qué objetivo cae en este juego, pero volveremos sobre eso más adelante), mas en esa ocasión corrige: materialismo historicista y praxiológico. Kohan cambió el materialismo histórico por el materialismo historicista-praxiológico. El problema histórico tiene que ser pasado por el cedazo del problema del tiempo, y como sabemos, en Marx la definición de tiempo no está clara. ¿Le está dejando la razón a Aristóteles, a Kant, a Fichte (quien habló bastante sobre la temporalidad), a Kierkegaard quizás?

En torno al tiempo, dice Deleuze, se oponen (Deleuze no explica si esa oposición es insalvable-aporética o más bien “dialéctica”) dos concepciones; la de Aion y la de Cronos. Esta es una oposición, podemos pensar, entre dos concepciones de tiempo, a saber: (1) El tiempo-presente cronológico, que absorve todo pasado y futuro en un presente más vasto (Deleuze utiliza ese término “vasto”, quizás para señalar la magnitud vasta en que lo sido y lo será se reabsorven en el es). Este tiempo-presente cronológico tragador como Cronos (quien como se sabe, devoraba a sus hijos) , comprende también un tiempo devenir-loco de las profundidades. Un tiempo que es abismal (no es circular como el tiempo cronológico en que todo se reabsorve), sino que es es en línea pendiente hacia abajo, vertiginoso. Sabemos que el tiempo cronológico representa ese tiempo-presente que absorbe todo pasado-futuro, pero ¿cuál es ese tiempo devenir-loco de las profundidades?; es el tiempo despiadado que es interior, el tiempo del sentido. (2) Hay otro tiempo, que es el Aion, dice Deleuze; se lo figura como el círculo “extendido”, cortado y estirado del tiempo cronológico, una línea recta que se destruye en mil pedacitos siempre dividiéndose en pasado y futuro. Es un tiempo-instante “atópico” dice Deleuze; no está en ningún tópico o lugar, está siempre fuera de lugar, descentrado por así decirlo, desplazado de su suceder que le es propio. Es el presente del instante que no cesa de dividirse. Deleuze hace una diferencia entre el Aion y el devenir-loco (podría pensarse que un tiempo abismal, que es devenir puramente, es parecido a un tiempo de lo instantáneo, de lo que se extingue en el pasado-futuro y no existe, sino que subsiste) “si bien la profundidad esquiva el presente, lo hace, en efecto con toda la fuerza de un “ahora” que opone su presente enloquecido al prudente presente de la medida; y si la superficie esquiva el presente, lo hace asimismo con toda la potenciade un “instante” (...) Aion es ilimitado como el futuro y el pasado, pero finito como el instante” (Deleuze, Lógica del Sentido, p. 211). ¿El tiempo de Marx es el tiempo de Cronos, el devenir-loco de las profundidades, o el Aion instante-nunca aprehensible en el presente?

C de con-témpore

Nos situamos en un problema que nos incomoda bastante. La ontología es incómoda por exelencia, nos muestra su mueca de infelicidad y desesperación como diciéndonos; “Bienvenido al maldito paraíso en el que permanecerás años encontrándolo todo, pero sin nunca encontrar nada”. La ontología es como aquel niño que lo tiene todo, pero finalmente no tiene nada. No sólo por que no tiene nada espiritualmente, sino ante todo por que no encuentra alguna cosa que sea el motivo de su deslumbramiento infinito y definitivo. Por eso, por que la ontología es maldita, odiosa (como Baudelaire), y no intrépida como las montañas, como pensaba Heidegger, todo pensamiento que tienda a pasarla por alto (y en esto Heidegger no estaba equivocado) es como un esquivamiento de un tema mortal, una pregunta que no podemos responder, ni siquiera plantearnos; la pregunta por el ser. Es cómodo para el filósofo no hablar una palabra de ontología. Es cómodo ser “praxiológico” como Kohan y rechazar de plano cualquier posibilidad de una “logia” sobre el “ente” (ontos). ¡Qué increíble tarea ha de ser reclamar un pensamiento ontológico para el marxismo! El sólo hecho de reclamar ese pensamiento sobre el Ser es una aventura. A través de ello, estamos reclamando la necesidad de un tiempo para el marxismo; no de una temporalidad para Marx, sino de un tiempo: en el sentido increíble que la palabra tiempo puede adquirir en todo el pensamiento.

D de Día

Aion mira al tiempo con la óptica del instante. El instante es lo único que insiste o subsiste y se separa incesantemente en pasado y futuro, pero jamás es tragado por el presente cronológico que vacía todo lo pasado y futuro en el barril sin-fondo de lo que es. El instante es un relámpago. El tiempo del marxismo es ¿ese? ¿Queda en algún momento grabado el instante? ¿se plasma? Que el instante sea plasmado significa que se vuele historia. ¿Es la historia la suma de todos los instantes? ¿Es la historia la aprehensión cronológica, el acto de tragar, todo el Aion en el que los acontecimientos puros y las singularidades nómadas se desenvuelven? Benjamin se opuso radicalmente a este concepto cronológico del tiempo “homogéneo y vacío”, como él le llama. Opuso a él un tiempo-ahora. El tiempo, para Benjamin, ha de pensarse no en relación a si mismo (eso sería caer en un nuevo cronologismo) sino en torno a algo que sea una especie de fisura en el tiempo mismo, una herida destructora. Aion divide infinitamente el instante en pasado-futuro. Benjamin hace del instante un lugar por donde puede ingresar el nuevo tiempo mesiánico. Por eso decimos que su tiempo es el “tiempo-ahora”, por que es un tiempo de las urgencias. “La imagen dialéctica ha de definirse como el recuerdo involuntario de la humanidad redimida”. Como si todos los instantes del Aion se convirtieran, de súbito, en el puro pasado, y el futuro fuera una propiedad encarnada, como una potentia del pretérito (potencia de ser el tiempo mesiánico), Benjamin apunta a Aion al atrás de todos sus instantes infinitos; los encuentra hacia el pasado. Sin embargo, Benjamin no pierde jamás de vista el instante (al igual que Aion), pero su instante está cargado de algo. Es un instante preñado por exelencia.

E de ente (ontos)

Schopenhauer fue uno de los primeros filósofos que tomó, de forma “textual” (más bien debería decir, operando con el plagio) una idea “oriental” en su filosofía, que de por sí es occidental, pues se refiere inevitablemente a la Razón, ya sea en contra o a favor de ella. Tal idea es el “Velo de Maya”. Un velo que cubre las esencias. Todas las filosofías proceden con un “Velo de Maya”; tal velo es la tela que se cierne sobre el origen de las ideas que una filosofía propone. El velo es algo así como una superficie de tierra que actúa sobre las piedras del interor, del bajo-tierra. Siempre tiene que cubrir, este velo, relieves, grietas, montañas que son autores, libros, ideas extranjeras a la nueva idea propuesta; que son su “tras-fondo”, aunque mejor sería decir que son su “bajo-tierra”. Hay pensadores que proceden sin tender Velos de Maya, y haciendo de los relieves la propia superficie. Tal es el pensamiento sin la mediación del plagio, esparciendo nuevos relieves, ideas propias, buscando la propiedad del pensamiento como un hecho creativo, no “fabricante”. No es el caso de Kohan. Ha tendido un gran “Velo de Maya” al que nombra “historicismo praxiológico” sobre una mezcla de Marcuse, Korsch, Kosic etc. El no procede a crear una ontología; Ni siquiera a copiarla. Es sabido que Marcuse abandonó los problemas ontológicos (no los consideró políticos). Pero toda ontología es un ejercicio político. En el Platón de las Ideas hay un ejercicio político, en la inversión Nietzscheana también; la ontología es política pura, política en su estado primero de comunicación. El primer lenguaje de una política es la ontología; Ontología es óptica-política, desgarramiento del problema del ser en torno al problema del hacer, deber-ser, y deber-hacer. Esto es lo que debemos a Heidegger, no a Kant. Pero la filosofía marxista suele empezar por Kant. Esto limita su instante-acontecimiento destructivo; su propio movimiento mesiánico destructor-de-todo-lo-existente.


miércoles, 28 de mayo de 2008

Volver a juntar los fragmentos de una vasija rota

El pensamiento de Benjamin profita en el lenguaje. Es lo que he logrado advertir al poco tiempo de conocerlo, y de haber constituído para mí, su pensamiento, una de las más grandes revelaciones de mi vida. Y es que su filosofía está llena de riesgos.[1] Los que no quieran sumergirse en el mundo de Walter Benjamin, sencillamente, no quieren correr los riesgos de su pensamiento, los riesgos de la selva-Benjamin que opera con múltiples golpes. La filosofía de Benjamin no es “a martillazos”, pero si es a punta de piedras, golpes, ladrillos lanzados desde el otro lado de la acera. Algo así como una lapidación al hecho fatal de habernos vuelto insensibles.


He llegado a pensar que todo filósofo constituye una retina. Algo así como “una perspectiva”. Respecto a este tema, es interesante observar la visión que tiene Deleuze sobre Leibniz y Nietzsche: Son pensadores de la perspectiva. En Leibniz esto es palpalble, evidente: La misma categoría de apercepción lo muestra. Vemos claramente una parte del mundo, sólo una parte de él: El mundo es para nosotros un claro-oscuro que, en nuestra perspectiva, en nuestro “punto de vista” (en el sentido literal que el punto de vista significa, un punto desde el que se ve, se observa) se encuentra justamente iluminado. La pintura tenebrista de Caravaggio y José de Ribera son verdaderas expresiones de esta “perspectiva” de la que hablo, que se realiza en la superficie, y que posee intensidades de luz, pero intensidades que son en retazos nunca ordenados, nunca centrados en lo que se debe ver sino simplemente en lo que se ve por azar y obra de la posición, del punto, así como de la luz del punto; los focos. El ser-ahí de Heidegger no sería, entonces, el Dasein, sino más bien esa parte iluminada del ser en nuestra perspectiva, en nuestra percepción leibniziana.


¿Qué parte del ser está iluminando Walter Benjamin? ¿Cuál es su perspectiva? Benjamin, en primer término, ilumina lo oscurecido por la verdad de los vencedores, por la imposición de unas perspectivas apercepcionales sobre otras mediante la fuerza. En segundo lugar ilumina el lenguaje. Quiere rescatar al lenguaje del olvido al que lo ha condenado la palabra, que se bifurca y se dispersa en técnicas de la razón y el discurso una y otra vez hasta hacer del lenguaje mismo una pura quimera, una pregunta en desuso. Pero Benjamin no desconstruye. No realiza él un ejercicio heideggeriano, como muchos filósofos de su época. Tampoco es un crítico social, un teórico-crítico, como sus colegas de la Escuela de Frankfurt. El es un filósofo del riesgo; de la frontera riesgosa que hay entre el hombre y la comunicación del ser del hombre.


En Benjamin lenguaje es sinónimo de expresión. No está de acuerdo con la frase de que “sólo los hombres tienen lenguaje”. Los hombres poseen palabra, pero todas las cosas poseen lenguaje. Hasta una piedra posee un lenguaje, por que quiere comunicar algo mediante la expresión de ser-piedra, de estar aquí o allá. Lo que comunica es su ser. El lenguaje propiamente humano puede ser, quizás, el más rico de todos los lenguajes, pero no el único lenguaje. Sin embargo, hay algo que es propio del hombre, que es el acto de nombrar. En el acto de nombrar el lenguaje se vuelve hacedor y consumador. En el nombrar hay la llamada de algo-otro, un tiempo-lugar donde la alteridad misma se manifiesta, ya que nombrar es siempre nombrar un otro.


En el nombrar está viendo Benjamin el acto infinito mediante el cual otorgo un sentido al otro. El otro se manifiesta en mí en el nombrar; como cosa, como ser humano, como fenómeno.


Parece que el problema del otro es común a todos los pensadores judíos. No debemos olvidar que Benjamin intentó, muy genialmente por lo demás, develar el núcleo “teológico” del materialismo histórico en sus Tesis sobre el concepto de historia. En más de alguna ocasión, los judíos reclaman para sí un humanismo distinto al occidental iluminista-ilustrado; un humanismo que no está basado en los atributos de la razón universal, sino más bien en una relación con el otro que es inmediata, pero que también es precaria, por que su inmediatez como “otro” implica un cuidado. El otro aparece en el pensamiento judío (no necesariamente talmúdico) como otro frágil. Pero hay otra preocupación que motiva a Benjamin por el problema de la otredad en el lenguaje; el fascismo.


Todo lenguaje implica una traducción. Y la idea de traducción implica una fisura en el querer decir, una imposibilidad en la intención de lo que se quiere comunicar. El lenguaje, como expresión, es ya comunicabilidad del ser, comunicación o traducción de algo más esencial que la expresión misma. Pero entre las lenguas expresivas, decidoras, comunicadoras, existe además de esta fisura, esta imposibilidad, un parentezco o lenguaje que es entre ellas mismas. El “lenguaje de los lenguajes”, o, como diría Benjamin, lenguaje de la verdad. Este es un modo de decir que las lenguas (no así el lenguaje) no son si no “trozos” de una vacija rota que es necesario recomponer. En el acto de traducir, por tanto, no sólo estamos intentando traducir de una lengua a otra, de un sistema cultural de comunicación escrita y hablada a otro, sino ante todo, estamos intentando traducir de esa lengua “x” a otra, para descubrir así el lenguaje superior confinado. La traducción es la necesidad del ser de exteriorizarse, de desplegar su posvida, su vida más allá de la lengua “nacional”. En este sentido también encontramos una respuesta al fascismo: No hay una lengua superior a otra, sino tan sólo un lenguaje de la verdad que es superior a todos y que reside en el ser mismo, y en su comunicabilidad primera, en su expresión en tanto ser.


En estas luces benjaminianas podemos encontrar una afirmación tremenda: El artista despliega la posvida del ser. Deleuze dice que el músico es aquel que, del flujo natural, del devenir de los sonidos-ruidos que hay dispersos en la realidad sonora, saca algunos, los extrae. Extrae y organiza. Así mismo, el filósofo, continúa Deleuze, extrae conceptos de un devenir, el devenir de los instantes. ¿Cómo extrae nombres del devenir del ser la comunicabilidad del ser misma, la palabra del ser, el lenguaje del ser? La traducción, para Benjamin, es un “instrumento provisorio” para encontrar-extraer ese lenguaje de la verdad, la expresión, el sentido que vive en el ser, si es que, respecto al ser, puede hablarse de sentido.

El pensamiento de Benjamin no se agota en el lenguaje. Temo a extenderme demasiado en este pequeño ensayo, por lo cual, me gustaría dejar planteadas dos cosas que resuenan en Benjamin: El primero de ellos es el problema del tiempo; toda lengua es en un tiempo, y todo lenguaje humano expresa una temporalidad. Y el segundo, es el problema de la historia. En sus fragmentos milmente dispersos, Benjamin dejó algunas huellas desgarradoras. Después de todo, él dio su vida por unir los fragmentos de esa vasija rota que es un lenguaje de los pobres, de los oprimidos y de su larga esperanza de venganza histórica por lo que hay de trunco en su propio tiempo-lenguaje.


[1] Habría que señalar aquí la cobardía intelectual de autores como Carlos Pérez, que trata a Benjamin por encima, siempre a despecho de su filosofía hegeliana eurocentrista. Pérez, definitivamente, no asume “los riesgos” del pensamiento de Walter Benjamin.

sábado, 24 de mayo de 2008

 
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